viernes, 19 de julio de 2024

32


Mientras cenan observa a Candela.  Tienen la cara abotargada, las manos hinchadas. Por suerte ella ya lavó y planchó los volados del moisés, solo le falta armarlo. La ropita acomodada en la cajonera que a tal efecto le puso en el cuarto.  Mira de nuevo a Candela que se levantó a dejar su plato en la pileta. Los tobillos también están hinchados. Tendrías que ir preparando el bolso, hija le indica. Pero todavía falta. Me parece que falta menos de lo que pensábamos insiste. Ahora sabés más que la doctora protesta la chica y sale. Los demás también se levantan. Solo Fernanda se queda y la ayuda a recoger la mesa. Todavía no se hace a la idea de que pronto se convertirá en abuela. Voy a cumplir cuarenta, piensa. Ahora sí podríamos pensar que los considera pocos. Porque, además, recuerda que a la mañana el hombre del negocio, Luis se llama, la invitó a tomar un café. Ella le dijo que no y reitero su propósito de buscarse otro proveedor, pero allí tienen buenos precios y buenas telas.  ¿Qué te parece? le pregunta Fernanda. Ella no sabe a qué se refiere y se queda mirándola. No me escuchaste dice la chica cabeceando. Ella levanta los hombros a modo de disculpa. Estuve pensando que mejor Candela se muda a nuestro cuarto y nosotras vamos arriba, así vos la podés ayudar con el bebé, además Sebastián siempre estudia a la noche y los llantos lo van a molestar. Esta chica está en todo, decide. Luego se corrige, siempre estuvo en todo, desde chiquita. ¿Estás de acuerdo, mami? ¿Ya se lo comentaste a Candela? No, antes quería hablarlo con vos. Tiene razón, además el cuarto es más grande, el moisés entrará más cómodo. Le pedirá a Sebastián que baje la cajonera. ¿¡Y!? Si Candela quiere yo estoy de acuerdo. Gracias, mami dice Fernanda abrazándola. Gracias a vos. ¿Por qué? Por ser como sos, mi ángel. Desde arriba llega la voz de Candela mamá, ¿viste el camisón que me hizo Rita? Ya lo lavé, ahora te lo plancho contesta. Fernanda le hace un guiño.

 

Mami, ¿me servís otra? pregunta Fernanda. ¿Puré también? ofrece ella. ¡Candela se hizo pis! exclama Camila. Ella queda suspendida, el tenedor con la milanesa en el aire. Aún sin apoyarlo mira a su hija y luego al piso. Sí, rompió bolsa. ¡No puede ser, todavía falta! dice Candela, las lágrimas corriendo por las mejillas coloradas. Ella abandona el tenedor, se incorpora y coloca ambas manos sobre los hombros de la chiquilina. Tranquila, hija. ¿Qué pasa? pregunta Camila. Pronto vamos a ser tías contesta Fernanda abrazándola. Media hora después, escoltando a la parturienta, se dispone abrir la puerta de su casa. Dedal gime. Llamá a tu hermano le indica a Fernanda está en lo de Belén, decile que venga para acá. Ya el umbral atravesado añade y a Elena.

 

Acomoda a Candela en el asiento de atrás, la chiquilina llora bajito. Ella piensa que al menos ahora tienen auto. Regresan a su memoria dos taxis. El que tomó, sola, rumbo al parto de Camila y el que la condujo al hospital para recibirse de viuda. Regresa, también, a sus oídos la voz de Lebón.  Nena, nadie te va a hacer mal[1]. Ojalá pudiera creerlo. Pone primera. ¿Dónde estás?, ¿dónde voy?[2] Reza al Dios en que no cree para que la doctora Urquijo esté de guardia.

 

¿Qué estás haciendo acá?, ¿no tendrías que estar jugando a las muñecas? las recibe una enfermera alta y grandota. Surge en ella una ira sorda que logra contener. Hacen pasar a la chica a una habitación y la mujer se dispone a cerrar la puerta. Entra, mamá, tengo miedo pide Candela. Está prohibido dice la enfermera. ¿No ve que es una criatura? Son órdenes. ¿Dónde está la doctora Urquijo? pregunta ella elevando la voz. Está asistiendo una cesárea, ya le avisé a la partera.  Minutos después se acerca una mujer de mediana edad, a paso cansino. Ella la intercepta. ¿Usted es la partera? pregunta. Sí. Le pido, por favor, que me deje entrar, mi hija está muy asustada. Lo hubiera pensado antes dice con ironía. Tengo ganas de trompearla piensa ella, pero sabe que precisa conservar la calma. Necesito hablar con la doctora Urquijo, ¿dónde está?, ella me prometió que iba a poder acompañar a mi hija. A través de la puerta le llegan los gemidos de Candela. Le pido que me permita entrar insiste elevando la voz es mi derecho. ¿Dónde consta? pregunta en voz aún más alta. Se escuchan unos pasos acercándose a toda velocidad. ¿Qué está pasando acá? pregunta la doctora Urquijo. La señora quiere entrar a la habitación y no se puede. Se trata de una adolescente, Marta dice la médica, y dirigiéndose a ella, una mano en su brazo, indica espéreme un segundo. ¡Doctora! escucha exclamar a su hija antes de que la puerta se cierre. Minutos después será ella quien atraviese dicha puerta. ¡Mamá! exclama ahora Candela ¡me duele mucho! ¿Le van a dar la peridural? pregunta ella a la partera. La mujer cabecea. Ella oprime la mano de su hija. Ayudame pide la chica.

 



[1] “Seminare”, Serú Girán, canta Davis Lebón.

[2] Idem.

 

9 comentarios:

122

    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...