lunes, 8 de julio de 2024

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Voy al Once a comprar cierres informa ¿hace falta algo más? Elástico de cuatro centímetros dice Rita por lo menos dos piezas. Queda poco hilo azul acota Gladys. Agarra una bolsa y sale. Volveré cargada, como siempre, piensa mientras camina hacia la parada del 188. Está necesitando un auto, Ángel siempre le dice. Cuando termine con las cuotas de la máquina nueva lo pensará. Qué diría su padre. Pasa de préstamo en préstamo. Del local ya le queda poco, el contador le dijo que quizá le convenga adelantar cuotas, sería bastante la reducción. Por lo menos ya no paga alquiler. Eso sí tranquilizaría a su padre. Qué absurdo, piensa en su padre más que cuando estaba vivo. Su padre. Ella tiene un padre muerto, pero lo tiene. Camila está peor.

 

Deja la bolsa en el taller e informa vuelvo en un rato. Te necesito para cortar el vestido de gasa dice Rita. Vuelvo en un rato repite. Precisa charlar con Elena.

 

Sale de la biblioteca y se dirige hacia Córdoba. De pronto se detiene. Está agitada. Se pone las manos en el pecho. Tengo taquicardia, piensa. Se detiene y cambia el rumbo. Precisa un café. Cruza. Primero comprará sobres y papel.

 

 Hola, Leonardo escribe acodada en la mesa me comunico con vos porque ayer Camila, nuestra hija (tiene cinco años, es como el tuyo) preguntó por primera vez por su papá. No te preocupes, solo le dije que su padre no era el mismo que el de sus hermanos, que ya lo comprendería cuando fuera grande. A la noche mi hijo mayor (diecinueve, ya) me pidió que dejara a buen recaudo tus datos. Por si me pasa algo, dijo. Y tiene razón. Sabrás que hasta ahora cumplí mi promesa de no molestarte. Lo estuve pensando y, si Camila vuelve a preguntarme, le diré que conocerá tu nombre solo cuando sea mayor de edad. Si tengo que poner en el platillo de la balanza tu tranquilidad o la de ella, pesará, obviamente, más la de ella. Quizá nunca quiera saberlo. Esta dirección me la dieron en tu antiguo local hace años, cuando nació la nena. Pregunté como clienta, no te aflijas. Necesito que me confirmes que es correcta y que asumas el compromiso (lo único que te pido por tu hija, me arreglo bien, a mis cuatro hijos no les falta nada) de mantenerme informada si llegás a trasladarte. Eso es todo. Espero tus noticias. Claudia. Dobla el papel sin releerlo. Lo mete en el sobre. Leonardo Montiel, escribe. El apellido del padre de mi hija, piensa, pero el apellido de la nena, no; porque ella es mi hija. ¿Me llamó, señora? le reclama el mozo, parado a su lado. Paga y sale. Mira el reloj. El correo todavía está abierto.

 

¿Adónde vas? le pregunta a Candela que se está poniendo la campera. A despedir a Mike contesta sin dar más información. No vuelvas tarde que mañana tenés escuela le recuerda ella. Mike, el noviecito de los últimos meses. Lo vio un par de veces cuando la vino a buscar. Simpático el pibe. Lástima que se va a estudiar a Estados Unidos, escuchó que Candela le contaba a Sebastián que se había ganado una beca. A ella nunca le cuenta nada. Pero está más tranquila, hasta mejoró las notas. Se ve que la influencia del chico fue positiva. Fue, piensa, porque se va. ¿Qué hay de comer, mami? pregunta Fernanda. Pollo al horno. ¿Con papas? Con papas. ¡Qué rico! A Fernanda todo le parece rico. Ella sí que es fácil.

 

Carta, mami anuncia Fernanda enarbolándola. El corazón de Claudia se desboca. Toma el sobre que se le ofrece. No lleva remitente. ¿No la abrís? pregunta la chica. Luego contesta ella estoy cocinando. En cuanto se sabe sola, se sienta y rasga el sobre. Solo una leve hojita. Claudia: Te comunicaré cualquier traslado. Hacé vos lo mismo. Leonardo (gracias por cuidarla). ¿Leve? Hubiera esperado cualquier respuesta menos esta. La indiferencia más brutal. Ni una pregunta. Ni siquiera sabe que tiene los ojos celestes. Fernanda regresa a la cocina. ¿De quién era? pregunta. Y ella que odia mentir contesta una publicidad porque le da vergüenza que la chiquilina sepa que ese ser es el padre de su hermanita. Mientras revuelve la salsa blanca, la rabia ya aplacada, se dice: al menos contestó. Podrá ahora tranquilizar a Sebastián. Esa noche, luego de ducharse es ella la que golpea la puerta de su hijo. Pasa, ma contesta el chico incorporándose en la cama. Ella le tiende un sobre cerrado. Los datos que me pediste explica abrila solo si…, solo si me pasa algo. Y se va rápido. Su hijo no merece el espectáculo de sus lágrimas.

 

Golpes en su puerta. Esta casa parece una oficina, piensa. Candela esta vez. Qué raro. Problema en puerta, piensa, como los golpes. Vení, sentate ofrece mientras corre la robe apoyada en su cama. La chiquilina se sienta como indio. Calla. Ella la observa. Tiene la carita hinchada. ¿Habrá estado llorando? ¿Por Mike? ¿Te pasó algo, hija?  pregunta. La chica permanece en silencio. Ella le oprime ambos brazos. Cande, contame pide. Obtiene un sollozo por respuesta. ¡Hija, me asustás! exclama mientras la inminencia de una catástrofe le acelera el pulso. Estoy embarazada. No puede ser, piensa, yo le di libros sobre sexo, le ofrecí llevarla a la ginecóloga. No, no puede ser. Es una chica inteligente, cómo no se cuidaría. Yo también soy inteligente, reconoce, y yo tampoco me cuidé. ¿Estás segura? Sí, ayer me hice un Evatest contesta, las lágrimas barriéndole la cara. Vení le dice ella abriendo ambos brazos. Candela se refugia contra su pecho. ¿Cuánto hace que no se dejaba abrazar? Permanecen así hasta que la chica se va tranquilizando. Entonces ella la aparta. Contame pide. Es de Mike dice ayer le escribí un mail contándole y recién me contestó que de ninguna manera puedo tenerlo, que él no va a volver; eso sí, ofreció girarme dinero para el aborto. Y vos, ¿qué querés hacer? No sé contesta mientras regresan los sollozos ¡no sé! Sabe que te acompañaré en lo que decidas dice ella, mientras vuelve a abrazarla. La mece. Como si alguien le estuviera soplando lo que tiene que hacer. Está serena. Es absurdo, piensa, mi hija está decidiendo sobre la vida de mi nieto y yo estoy serena. Está también decidiendo sobre mi vida, reformula. El llanto de la chica va menguando. Cuando cesa, Candela se aparta. ¿Vos qué harías? pregunta. Ella no duda en responder mirá a Camila.

4 comentarios:

  1. Que historia tan fuerte, tan real, tan humana, dónde demuestra una y mil veces la capacidad de amor de una madre y incapacidad de un hombre, que por no enfrentar una realidad y responsabilidad digna se esconde bajo las letras de una pocas líneas.

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  2. Así es. Las mujeres, obvio que hay excepciones, le ponemos siempre el cuerpo a lo que hay que enfrentar. Difícil que abandonemos a nuestros hijos.

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  3. Hombres... ¡Hombres! Sin palabras... ¡Cuántas novedades!

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    Respuestas
    1. Hay tantos hombres que abandonan a sus hijos. Mujeres, muchas menos!

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