La beba dormida, Fernanda y Sebastián en sus cuartos, Candela sale de la ducha. Quiero hablar con vos dice Claudia. Sorpresa en la cara de la nena. Vení, sentate la convoca ella a la cocina. Cuando la ve instalada le pregunta ¿vos fumás? No contesta mientras el arrebol en su cara demuestra lo contrario. Candela, tenés doce años. Casi trece le retruca. Aunque tuvieras quince, no son edades para fumar; en realidad ninguna edad es buena para fumar. Claro, como vos hacés todo bien… Por primera vez en la vida Claudia tiene ganas de pegarle una cachetada. Inspira hondo y trata de recordar todo lo que leyó. Todavía es una nena, se dice, le pasaron muchas cosas. Inspira hondo. Trato de hacer las cosas lo mejor que puedo, no ha sido fácil para mí. ¡Ni para mí!, ¿o te crees que es fácil tener una hermana sin padre? ¿Y fumando lo vas a solucionar? le toma la mano que la nena no retira hija mía, que yo haya cometido errores no implica que vos tengas que cometerlos, vení, dame un abrazo, prométeme que no vas a fumar más. La chiquilina se levanta. De acuerdo dice y se va dejándola con los brazos extendidos.
Le voy a dar una sorpresa, piensa y cuando sale de la mercería enfila el cochecito hacia la biblioteca. La cara de alegría de Elena compensa el trayecto. Sin esperar autorización alza a la beba. Cada día más linda, ¡esos ojitos claros! Porque el tiempo trascurre y el color permanece. Leonardo en ella, difícil olvidarlo. Pero además de ver a su amiga su visita tiene otro propósito. Hace unos días, distraída como suele estar últimamente, abrió la puerta del baño y allí estaba Candela saliendo de la bañadera. En el instante que medió entre su perdón y el portazo al que la condujo su premura, sus retinas fueron impresionadas por múltiples y caprichosos destellos. Un caleidoscopio ofreciéndole el cuerpo de su hija. Senos incipientes, la alarma de sus ojos, vello entre las piernas, dos brazos flaquitos intentando cubrirla. Un impacto. El peso de la culpa. Había estado ausente de la metamorfosis. Una mirada que miraba sin mirar. Por eso recurría a Elena, como tantas veces, buscando orientación, consejo. La frase de su amiga aumentando el peso. Sí, hace rato que está brotando esa muchachita. Camila comienza a ponerse molesta y ese no es ámbito para llantos. Sale con un folleto educativo de Johnson &Johnson. Quiere estar bien preparada para hablar con su hija. Mi hija mayor, piensa y sonríe.
Hilvanando un ruedo piensa que aún no habló con Candela. Esa chica se le escurre. Enciende la radio quizá para apagar sus pensamientos. Camila duerme en su canasto. Las empleadas charlan mientras cosen. El informativo. Ley de Obediencia Debida. Tres votos contra dos. Elena le anticipó que la decretarían. No lo puede creer. Alfonsín le falló, él también le falló. Obediencia debida. Ella sí que creció bajo esa consigna. ¿Sus hijos? Candela seguro que no. Espera que los otros tampoco. Aunque no le convenga. Que sean libres. Visceralmente libres para elegir. Sigue escuchando. Ya se concretó el primer divorcio. Una de cal y una de arena decía siempre Alberto. Adelantos. Retrocesos. Amores y desamores. Muerte y vida. Abandona hilo y aguja y se acerca a la beba. La alza.
Está prensando las papas para hacer puré cuando Fernanda se acerca. Mami, Cande está en el baño y te llama dice en un susurro. Ella se seca las manos en el repasador y hacia allá se dirige. Sabe a lo que va. No tendría que haber sucedido hoy, su charla todavía pendiente. Golpea la puerta suavemente. ¿Se puede? pregunta. Pasá. Candela está sentada en el inodoro, la mirada en el piso, las mejillas son dos frambuesas. Ella se acuclilla a su lado. Ya está, ¿no? dice mientras roza el cabello de su hija. La chiquilina asiente con la cabeza. Ella sale. Fernanda está detrás de la puerta. Se aleja corriendo al verla. Ella va hasta su dormitorio y busca los apósitos. Luego al cuarto de las nenas y busca una bombacha. Tiene estampado de Minnie. Regresa al baño, le da instrucciones a Candela y lava la bombachita sucia. Antes de salir pone las manos sobre los hombros de su hija y le dice qué suerte, ya sos una mujer. No sé si es una suerte contesta la nena liberándose del contacto.
Una cena silenciosa. Las nenas, mudas. Sebastián callado, como siempre. Camila dormida. Cuando Candela, ya en piyama, se incorpora, ella deja los platos a medio lavar y la intercepta. Vení indica dirigiéndola hacia su cuarto. Los ojos de Fernanda, más adelante en el pasillo, son dos platos. Cuando entran ella señala la cama. La nena, extrañamente dócil, obedece. Se sienta a lo indio. Ella también. Luego extiende la mano hacia el folleto de Johnson&Johnson que descansa sobre la mesa de luz. Le va leyendo el texto a su hija mientras le muestra las figuras. La nena escucha en silencio. Silencio que rompe para preguntar ¿por qué tenés este librito? Lo retiré para compartirlo con vos. ¿Por qué? Porque me di cuenta de que ya te faltaba poco. Ah dice Candela. Se levanta y se acerca a la puerta. Con la mano en la manija se da vuelta gracias, mamá dice muchas gracias. Y se va. Ella se lleva ambas manos al pecho.
¡Cuántos cambios! Qué linda historia
ResponderBorrarTodos van creciendo!
BorrarMe encanta la historia, la evolución de los personajes y cómo Claudia va sorteando los desafíos de la vida! Gracias Yima!
ResponderBorrarNo sé quién sos! Y sí, tener hijos es enfrentarse a algo distinto cada día.
BorrarMujeres , madres, niñas, la vida siempre la vida!!!
ResponderBorrarEn continua transformación
BorrarEs una muy buena historia, Yima. Y nos lleva a momentos que vivimos y nos hace acompañar a Claudia en sus esfuerzos y progresos!
ResponderBorrarCuánto luchamos las mujeres! Quién sos?
BorrarUna historia que en cada entrega me genera sentimientos tan dispares que me hace llegar a lo más profundo de mí y hasta a veces desconocido. (No saber que se siente de determinada manera, lleva a la reflexión sobre uno mismo).
ResponderBorrarMuy interesante tu comentario, Gabriela
ResponderBorrarMe emocionóeste relato de niña a mujer, como mamá que también lo vivió, casi de la misma manera....que Candela. Luego, con dos hijas más, fue más fácil...
ResponderBorrarEtapas trascendentes de la vida
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