1985
Estuvo intentando charlar con Sebastián. Hay que ir pensando en el secundario. Pero este chico se ha puesto hermético. Hay que sacarle las palabras con tirabuzón. Ella le planteó las posibilidades: bachillerato, comercial, industrial. Estatales, por supuesto. Elena la estuvo asesorando. El secundario es un agujero negro en su vida. Una página en blanco. Una etapa gris. Estoy cromática, se burla de sí misma. No logro sacarle a Sebi mucho más que lo que a vos te parezca mejor, ma. Ella se fastidió. Ella sigue fastidiada. Dios le da pan al que no tiene dientes. Qué hubiera dado ella porque la dejaran elegir. En realidad, porque la hubiesen mandado a cualquier colegio. Los hijos de Elena fueron al Mariano Moreno. Tuvieron buena experiencia. Ella pasó el otro día. Una escuela enorme, la asustó. Demasiado grande para Sebi. Aunque es un chico inteligente, responsable, serio, es demasiado tímido. Nunca le dio trabajo. Más aún, siempre le ahorró trabajo, siempre pendiente de sus hermanas. La maestra le dijo que es muy capaz, reiteradamente, ¡como si ella no lo supiera!, a lo mejor tiene miedo de que no lo haga seguir estudiando, claro, como sabe que ella solo hizo la primaria… Sus tres hijos estudiarán, llueve o truene. Sueña con un hijo universitario. ¿Por qué no con tres? A Sebastián le ve pasta de ingeniero, es una luz con los números. Quizá sería mejor un industrial. Pero Elena le recomendó el Moreno. Y este chico que no la ayuda. Lo que vos quieras, ma. En lugar de agradarla su docilidad a veces la enoja. Apaga la luz. Mañana será otro día.
Hoy fue de nuevo a visitarla a Elena. Necesita charlar con alguien. Las empleadas del taller son unas chiquilinas, qué podrían entenderla. Y, Gloria, pese a ser su otro puntual, tampoco es interlocutora válida. Es… busca la palabra… limitada. Se siente ingrata pensándolo, pero con ella no puede hablar mucho más que del precio de la carne. Ayer salió de la carnicería con las manos vacías. Porque el vacío que había ido a buscar había aumentado al doble. Está harta de la inflación. Ahora el plan Austral. Encima lidiar con la nueva moneda. ¡Lo que aumentó la tafeta! Otra vez se diluyó en disquisiciones. La visitó a Elena por Candela. Otra vez la llamó la maestra. Se había agarrado de los pelos con otra nena. No hubo manera de que ninguna de las dos contara por qué. Lo más gracioso, aunque no tiene nada de gracioso, piensa, es que las mocosas se solidarizaron en el silencio y salieron de la reunión a pura charla. Elena le recomendó un libro que recién publicaron. La causa de los niños, de Francoise Dolto. Salió con ese, con una novela de García Márquez y con un libro para cada chico. Las palabras finales de Elena fueron un cuchillo. Un bisturí, en realidad, porque apuntan a auxiliarla. Me parece que esa nena está precisando una terapia. A veces Claudia se pregunta qué habría sido de su vida si no la hubiese conocido a Elena. Hace años que viene alimentando su espíritu. Y el de sus hijos. Elena. Bendita tú eres entre todas las mujeres.
Leonardo vino a hacer el service de las máquinas. Hace ya un año que lo conoce. Primero venía cada tres meses, después cada dos y ahora su visita es casi semanal. Suele llegar a última hora, cuando las chicas ya se fueron. Le cobra poco y nada. Hoy se quedaron charlando porque todas las máquinas están hechas un violín dictaminó él. Usted es el responsable dijo ella y él le contestó no soy tan viejo, me podés tutear. No, no es tan viejo, tendrá unos cuarenta y cinco. Tiene un local bastante grande sobre Rivadavia, (cerca del Mariano Moreno, piensa ella), allí compró la última Singer. Un maquinón se la recomendó él le falta hablar. En general sus empleados se ocupan de los services pero desde el principio Leonardo se hizo cargo de las suyas. Me queda camino a casa se justificó. Mientras le servía un café que ella ofreció y él aceptó, por primera vez le miró las manos. Le llamaron la atención sus dedos largos y sus uñas cuidadas. Más manos de pianista que de mecánico. Pero más aún llamó su atención la alianza. Una suerte de pellizco en la boca del estómago. Si serás estúpida, se retó. Ahora, ya en la cama, deja El amor en los tiempos del cólera[1] sobre la mesa de luz. Tendrá que releer el capítulo. La sección, en realidad, porque no tienen número. Sería incapaz de contar qué leyó. Leonardo tiene ojos celestes. Apaga la luz. Sí, es una estúpida. Una reverenda estúpida.
Hoy vence el gas. Bufa anticipándose a la cola en el banco. Busca los billetes que dejó sobre la mesa de luz para tal propósito. No están. Abre el cajoncito. Nada. Se arrodilla y se fija bajo la cama. Juraría que dejó allí el dinero. Por suerte ayer le pagó la señora del jumper. Quedó lindo y la mujer contenta. Sale apurada. Apurada y contrariada. Ya no sabe dónde tiene la cabeza.
¿Alguien vio unos billetes que dejé sobre la mesa de luz? pregunta a la hora de la cena.
Yo no, ma contesta Sebi. Candela parece enterrar la cabeza en el plato. ¿Y vos? le pregunta ella. La nena menea la carita de repente colorada. A Claudia se le oprime el pecho. No puede ser. Y como no puede ser se resiste a seguir investigando. Con un esfuerzo de concentración elimina la sospecha que cruzó su mente. Levanta los platos y los lava. Después sube a darle a desearle buenas noches a Sebi. De regreso pasa por el cuarto de las nenas. Beso, mami le pide Fernanda. Candela está dormida. O eso parece. Ella se da una ducha y entra a su cuarto. Sobre la mesa de luz un par de billetes arrugados. El alma le desciende como jalada por un gancho.
Hasta mañana se despide Rita ya es tarde, ¿te quedás mucho más? No contesta ella enseguida me voy, quiero terminar estos ojales. En cuanto se sabe sola baja la cortina y luego se dirige al baño. Se peina, se perfuma y se pinta los labios. Siete y media escucha golpes en la cortina. A solas, sonríe.
Mientras pespuntea el cuello de un blazer escucha Los argentinos hemos tratado de obtener la paz, fundándola en el olvido y fracasamos… Hemos tratado de buscar la paz por vía de la violencia y del exterminio del adversario y fracasamos… Hace meses que viene siguiendo el juicio. Antes Elena ya le había prestado el libro de la CONADEP[2]. Leyéndolo pensaba dónde estaba yo cuando ocurría todo esto, cómo no me di cuenta de nada. Dónde estaba. Metida dentro de su casa criando a sus hijos, primero. Intentando mantenerlos, salir a flote, después. Qué chiquita su historia frente a esa infinita cantidad de dramas. Se distrajo, otra vez se distrajo. …no en la violencia, sino en la justicia. Quiero utilizar una frase que no me pertenece, porque pertenece ya a todo el pueblo argentino. Señores jueces: ‘Nunca más’. Cuántos nunca más ha pronunciado en su vida. Nunca más decidirán por mí, nunca más les voy a gritar a mis hijos, nunca más llegaré tarde a buscarlos, nunca más dependeré de otros, nunca más me voy a endeudar, nunca más me voy a atar a un hombre. Muchos nunca más que no logró sostener, muchos otros que han sido inquebrantables. Nunca más la primera vez que se acostó con Leonardo. Tantos nunca más cuando abre los ojos y tiene la certeza de que él nunca se va a separar. Tantos nunca más que se desarman ante su sonrisa, ante sus manos recorriéndola. Si al menos pudiera liberarse de pensar a cada rato inútiles nunca más. Cambia el dial. Sandra Mihanovich la arrasa con su voz… busca la palabra… sensual. Soy como soy, no quiero piedad, no busco aplausos[3]. Qué difícil que es ejecutar el tantas veces enunciado nunca más.
Qué hermoso, Yima! Me encanta cómo se mezclan las canciones con la historia 😍
ResponderBorrarMuchas veces cuando pongo una canción me acuerdo de vos. Me fijo en el año en que salieron para incluirlas.
BorrarMomento histórico, con una carga emocional que cuando la pienso la revivo , y esa madre que la lucha mientras cria a sus hijos, yo en esa época, cosía a máquina los de forros de los tapados de piel, para una vecina y también escuchaba las noticias con esperanza de un mañana mejor.
ResponderBorrarCose forros de tapados de piel. Un oficio que desapareció. La suegra y la cuñada de mi mamá se dedicaban a eso. Lo recuerdo de niña, y el bordado interno de la inicial.
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