Se cambia, agarra su bolso y se acerca al mostrador. Pero en lugar de decir hasta mañana afirma vine a devolver el libro al tiempo que lo saca de una pequeña bolsa de pañolenci. Los ojos de Elena abandonan su tarea y la miran de frente. ¿No le gustó? pregunta quizá saboreando sus vaticinios. Es lo mejor que leí en mi vida contesta ella. La mujer toma el libro que le ofrecen y busca la ficha. Listo informa luego. ¿Me puedo llevar otro? Elena arquea las cejas. ¿Cuál? Claudia no sabe si corresponde, pero se arriesga y con infinita vergüenza pregunta ¿usted me podría ir guiando? Minutos después guarda en su bolsa Mi planta de naranja lima[1]. Hasta mañana, señorita Elena, y muchas gracias. La mujer sonríe al decirle hasta mañana, Claudia.
Horas después, entre cobijas, leyendo a Vasconcelos, Claudia descubre, con cierta culpa, que no está llorando por su marido. Sofoca el llanto con un pañuelo. El Zezé del libro hizo desaparecer a Alberto por unas cuantas horas. Desaparecer. Desaparecidos. Pañuelo. Pañuelos. El jueves cuando fue al centro a encontrarse con el abogado vio a las mujeres caminando en ronda con sus pañuelos blancos. Pañales que son pañuelos. Madres tenían que ser. Qué no haría ella por sus hijos. Unos pasitos breves la apartan de sus pensamientos. Mami dice Candela tengo miedo. Ella tira del bracito para ayudarla a subirse a la cama. Los niños no tienen que sufrir, piensa, mientras la abraza. Pobre Zezé.
En el momento de despedirse Elena le pregunta ¿empezó el libro? Ella que no se animó a comentarle contesta ahora voy por la mitad. ¿Y qué le pareció? Me gustó, me emocionó, pero… ¿Pero? inquiere la mujer. Aunque no sabe si corresponde se atreve y dice pero Kafka es otra cosa. Sí afirma la mujer meneando la cabeza Kafka, decididamente, es otra cosa. Claudia ya está cerca de la puerta cuando retrocede. ¿Me puede prestar algún libro para los chicos o primero tengo que devolver el mío?
Los cuatro acostados en la cama grande, Claudia lee en voz alta Dailan Kifki[2]. Fernanda escucha con el mismo interés que sus hermanos. Elena le dijo que no iba a entender nada, que ni siquiera era para Candela, pero ella confía en sus hijos. Los está preparando de chiquitos para que no les pase lo mismo que a ella. Van a estudiar. Los tres. Aunque ella tenga que dejar la vida, los riñones en el intento. Sebastián ya lee de corrido. La maestra está sorprendida. Ella no. Pura potencia. Sus niños son pura potencia.
Lejos de repetir mandatos, el objetivo es desear siempre algo mejor y diferente para nuestros hijos.
ResponderBorrarMe emociona tu novela, en algún punto me veo reflejada en un espejo. Gracias.
Eso DESEAR siempre lo mejor y luchar por ello
BorrarMe encanta el refugio que encuentra Claudia en la lectura e inconscientemente le transmite a sus hijos un recurso de supervivencia para sobrellevar lo que acontece en sus vidas!
ResponderBorrarEso es lo que la lectura es para Claudia: un refugio.
BorrarEn un punto me siento identificada con Claudia. ¡Hacer lo que sea por los hijos!
ResponderBorrarAsí somos la mayor parte de las madres. Pero no todas.
Borrarcuántas veces la lectura ha sido mi refugio! Como Claudia sentí la sensación de placer metiéndome debajo de las sábanas con un libro en la mano
ResponderBorrarLa lectura nos permite internarnos en otros mundos y alejarnos, a veces, de realidades dolorosa
Borrarhermosa la escena de lectura en voz alta en familia, nos estamos unen las historias
ResponderBorrarMomentos imborrables para los niños
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