viernes, 31 de mayo de 2024

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1983

No puede dormir. Intentó leer, pero no logra concentrarse. Dio tantas vueltas que la cama es un revoltijo de sábanas arrugadas. Derrotada, enciende la luz. Descalza, en puntas de pie, se dirige a la cocina. Enciende la luz chiquita de arriba de la mesada. Pone agua a hervir. Quizás un té la ayude. Un té de manzanilla. Ya sentada, las manos rodeando la taza caliente, reflexiona. Está arriba de un trampolín. Tan riesgoso zambullirse como volver atrás mientras los demás suben. Porque el hombre no va a seguir esperándola. La vida no espera. Como intentar frenar un río caudaloso con dos piedras. Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar[1] leyó alguna vez. Prefiere olvidar como continúa. Si quiere seguir creciendo tiene que mudar el taller. Las tres empleadas se chocan a cada paso. Le da vergüenza cuando las clientas vienen a probarse. Todo es un tendal. No hay forma de mantener el orden. Necesitaría sumar otra máquina, pero ya no cabe ni un alfiler. Absurdos los dichos. Un alfiler le cabría. Varios alfileres. Varias cajas de alfileres. Claudia, se reta, no pienses en pavadas. El trabajo fluye, los clientes se multiplican, hay una suerte de euforia general. La calle bulle. Recién ahora toma conciencia de la nube negra que los cubría. La gente ahora habla, discute, polemiza. Claudia, se reta de nuevo, a lo tuyo. Elena le saldría de garante. Es propietaria. Porque Gloria tiene su casa como bien de familia. El hombre le dio plazo hasta el viernes. Con el depósito se le irían buena parte de los ahorros. ¿Podrá hacer frente al alquiler? Su padre le enseñó que nunca hay que alquilar. La plata se va como agua entre las manos. Pero de aquí a que pueda comprar un local ya va a tener canas. Un local a la calle, ni en sus mejores sueños. El corazón le bombea. Sobre Córdoba, a tres cuadras de su casa. Una oportunidad única. Además, podría adaptar el taller como cuarto de Sebastián. Ya diez años, está grande para seguir durmiendo con las hermanas. Aguza el oído: Candela habla en sueños. Deja la taza sobre la mesa y va a verla. La nena está sentada en la cama, los ojos abiertos como platos. Otra vez. Mamá, me están pinchando con agujas, sacámelas. Le lleva un buen rato lograr que se despierte. Terrores nocturnos decía el libro. Sobre todo, no gritarles. Ella nunca les grita. Casi nunca.


Pegada a la radio va siguiendo el escrutinio. Fue emocionante ir a votar después de tantos años. Llevó a los tres chicos. No los dejaron entrar al cuarto oscuro. Se quedaron esperándola quietos como tres soldaditos. ¡Soldaditos no!, de eso se estaban liberando. Aunque su propia liberación fue un proceso (y no de Reorganización Nacional) que comenzó con su casamiento (cuando se independizó de la tiranía de su padre) y terminó cuando necesitó ser viuda para hacerse cargo de sus propias decisiones. Con la responsabilidad que eso trajo aparejada. Quizás antes era más fácil. Sus equivocaciones, si se daban, nunca eran totalmente propias. No quiere que a sus hijos les pase lo mismo. Ella los dejará elegir. Que decidan por ellos y se equivoquen[2], como dice Serrat. Ayer escuchó el tema. Hacía mucho que no lo pasaban por la radio. Interrumpen de pronto a los que están comentando pavadas para llenar la espera. Sube el volumen.¡Sí!, ¡ganó Alfonsín! Mi voto contó, piensa. Ella cuenta, aun en su insignificancia cuenta. Para sus hijos seguro que cuenta. Vienen tiempos mejores para todos. También para ella. Pasó la peor etapa de su vida. Está segura. Va a hacer un mes que inauguró el local. Por suerte ya tiene el dinero apartado para el próximo alquiler. Comienzan a escucharse voces. Se asoma a la vereda. Se empieza a agolpar gente. Un único grito: ¡Alfonsín!, ¡Alfonsín! Va a buscar a los chicos. Ella también necesita salir a la calle. Ser calle. ¡Alfonsín!, ¡Alfonsín!



[1]“ … que es el morir”, “Coplas a la muerte de su padre”, Jorge Manrique.

[2] “Los locos bajitos”, Joan Manuel Serrat.

6 comentarios:

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    Le dijeron a las nueve. Sin embargo, cuando llegan, nueve menos diez, fue fácil estacionar, ya están todos. Muchos más de los que ella c...